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domingo, 19 de febrero de 2012

Historia y vida cotidiana: Un indio mexicano en la corte de Madrid.

Anónimo, La batalla de Lepanto, 7 de octubre de 1571 (fragmento), óleo sobre tela. Finales del siglo XVI. Colección del Royal Maritime Museum, Greenwich

Hace unos años estuve durante algunos meses en el Archivo General de Indias, en Sevilla, España. Yo buscaba otro tipo de información pero una noticia de lo más interesante distrajo mis ojos. Es algo que suele suceder en los archivos documentales: los rastros del pasado se mezclan en lógicas distintas a la nuestra y nos ofrecen así una mirada diferente de lo que pudo ser relevante a ojos de nuestros ancestros. Es necesario, por ello, prestar atención a nuestras distracciones cuando vamos a los archivos. En uno de los grandes legajos que caracteriza a ese repositorio encontré, naufragando en un mar de documentos, la historia fragmentada de un indio mexicano que anduvo por la corte de Madrid en el siglo XVII.

El 3 de octubre de 1678 el conde de Medellín, Don Tomás Valdés, el marqués de Mejorada y el marqués de Santillán, respondieron con disciplina a una orden del rey, Carlos II. Unos días antes, Diego de Aguilar, indio mexicano, se había acercado a su corte para solicitar una limosna que le permitiera volver a su tierra. El monarca se interesó en la suerte de su vasallo y ordenó a los consejeros que tomaran cartas en el asunto. Acompañaba al decreto real el memorial del propio Diego de Aguilar quien se lamentaba de su estado de extrema necesidad. Resulta que el indio Diego de Aguilar había servido en las galeras del duque de Florencia y, durante un encuentro naval con las galeras del Gran Turco, en 1675, fue herido y perdió una pierna.

El caso de Aguilar no era extraño para los consejeros del rey. Unos días antes, él mismo se había apersonado en el consejo y solicitado cosa igual. Por entonces, los miembros del consejo de Indias decidieron socorrerlo con una limosna de 30 reales de vellón, pues no necesitaban pedirle permiso al rey para hacerlo por esa cantidad ya que lo vieron con tanta necesidad. Sin embargo, argumentaron que por el momento no era posible embarcarlo en una flota para regresar a México. No sabemos cuál fue la suerte de Diego de Aguilar.

Pero ¿quién era Diego de Aguilar? La mención de "indio mexicano" nos da alguna pista. En aquellos años el adjetivo mexicano no quería decir forzosamente "natural de México", como espacio geográfico. El adjetivo se utilizaba para hacer referencia, sobre todo, a la lengua hablada por algunos indios de lo que hoy es el centro de México: el náhuatl. Por lo tanto, podemos tener casi la seguridad de que se trataba de un indio hablante de náhuatl, de algún lugar de la región central de México, ya fuese mexica o tlaxcalteca. Por supuesto, se trataba de un indio principal, aculturado, con relaciones estrechas con españoles. Todo esto le permitió desplazarse a la Península y participar en combates. Solamente los indios nobles, ya fueran caciques de vieja alcurnia o nuevos principales que habían logrado un estatus social y político de importancia, podían vestir a la española, portar armas, montar a caballo... viajar a España.

Nos queda la duda. Hace poco tiempo volví a Sevilla por algunos días. Busqué y rebusqué entre los papeles del Archivo General de Indias y no pude dar con mayor información acerca de Diego de Aguilar. Y me doy cuenta que no se ha tomado en serio la presencia de los indios (mexicanos, peruanos, americanos en general) en la corte española. Luis Miguel Glave ha dado noticia, en algunos de sus trabajos, de la presencia de gestores indios en la corte de Madrid, como el indio peruano Andrés de Ortega Llucon (1646);(1) y otros colegas se han interesado en el presbítero indio tlaxcalteca Julián Cirilo de Galicia y Castilla Aquihualcateuhtle,(2) quien solicitó la creación de un colegio indígena en 1754, y se fue a plantar en Madrid para seguir con su solicitud, donde murió. Todo para decir que hay muchas historias de indios que viajaron a España, y cuya relación espera plumas que escriban sus historias. Pero la de estos indios es una historia que queda por hacerse.

Por mi parte, ofrezco a algún curioso investigador mi referencia de Diego de Aguilar: Archivo General de Indias, México (consultas originales), legajo 7.

Referencias
(1) Luis Miguel Glave. "Gestiones trasatlánticas. Los indios ante la trama del poder virreinal y las composiciones de tierras (1646)", Revista Complutense de Historia de América, 34 (2008), 85-106 ISSN11328312
(2) Véanse los trabajos de Dorothy Tanck, Margarita Menegus y Magnus Lundberg

NB: Una versión menor y anterior de este texto estuvo publicado en la bitácora "Historia y Vida Cotidiana"

miércoles, 25 de mayo de 2011

Dorrego: el fusilado incómodo.

Raúl Fradkin, ¡Fusilaron a Dorrego! o cómo un alzamiento rural cambió el rumbo de la historia, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2008, 224 p. (Nudos de la historia argentina). ISBN 9789500729468 

Normalmente, los historiadores que nos ocupamos de los siglos XVIII y XIX de la América Septentrional solemos desconocer el complejo y particular proceso de la independencia rioplatense. Es, de entrada, extraña para nosotros (los mexicanos): no bien el reloj marcó el 25 de mayo de 1810 (meses antes de la insurrección de Hidalgo, el 16 septiembre del mismo año), los porteños bonairenses se fueron a una revolución tras un cabildo abierto y constituyeron una junta de gobierno, con lo que se inició un largo proceso independentista que tuvo su término aparente en el Congreso tucumano de 1816, cuando proclamarían su independencia. Sin embargo, las luchas internas por la definición del gobierno (al igual que en México) fue más allá de esos términos cronológicos.

El fusilamiento de Manuel Dorrego, viejo insurgente y gobernador de la provincia de Buenos Aires en 1828, es el parteaguas de la historia de los enfrentamientos entre unitarios (centralistas) y federalistas en aquellas regiones del Río de la Plata. Tan importante para entender el devenir de esa historia que el propio Domingo F. Sarmiento escribiría en su Facundo (Civilización y barbarie) de 1845:
la muerte de Dorrego fue uno de esos hechos fatales, predestinados, que forman el nudo del drama histórico, y que, eliminados, lo dejan incompleto, frío, absurdo.
Sarmiento intentó en su Facundo explicar y ponderar las diferencias entre federales y unitarios tratando de dejar en claro, desde la perspectiva de la política rioplatense de su época, las intensas diferencias políticas a escasos diecisiete años de los acontecimientos. Y después de ello, la literatura política y la historiografía se han volcado sobre la figura de Dorrego, ahora denostándolo, ahora haciendo casi de su historia una hagiografía. Dorrego, sin duda (como Vicente Guerrero para los mexicanos) es un fusilado incómodo.

 Raúl Osvaldo Fradkin, investigador argentino y docente de la Universidad Nacional de Luján y de la Universidad de Buenos Aires, tomó el toro por los cuernos y se dedicó, en un breve pero sustancioso libro, a despejar varias incógnitas. Por un lado, dilucidar el porqué del fusilamiento de Dorrego en el contexto de un ambiente político de por sí enrarecido en el que los mismos compadres de Dorrego (Juan Lavalle y Juan Manuel de Rosas, políticos y militares) le dieron la espalda. Por otro lado, las consecuencias del fusilamiento. Pero lo que es aún más interesante, Fradkin nos lleva al análisis del contexto de una rebelión rural que acompañó a todos estos acontecimientos y que le dio, al victorioso Juan Lavalle, un revés militar. La lucha política "pura" [dura] (entre unitarios y federales) se ve redimensionada por la actuación del pueblo llano, no solamente el citadino (el que enfrentó las invasiones inglesas veintitantos años antes) sino aquel que componía las pedanías de la provincia bonaerense. Fradkin rompe entonces con la clásica visión de la historia política del enfrentamiento entre bandos para abismarnos en la reflexión de la importancia de las bases sociales y sus necesidades y demandas no tan bien cotejadas por la historiografía tradicional.

Es por ello que, sin lugar a dudas, Fradkin tiene razón al decir que el alzamiento rural asociado al fusilamiento del incómodo de Dorrego cambió la historia. Claro, una historia que hubiese tenido que ser muy otra, desde la perspectiva de los caudillos y los proyectos políticos. Una propuesta historiográfica que nos invita a repensar la historia política al calor de la historia social.

Raúl Fradkin, ¡Fusilaron a Dorrego! o cómo un alzamiento rural cambió el rumbo de la historia, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2008, 224 p. (Nudos de la historia argentina). ISBN 9789500729468

sábado, 1 de enero de 2011

Iniciando el año con un magnífico libro.

No lo he terminado de leer. Estoy apenas a la mitad de su lectura pero siento la impetuosa necesidad de decir algunas cuantas cosas sobre él: un libro fascinante e insólito, provocador, evocador y que entronca con algunas situaciones vitales mías.


Se trata de la reciente publicación de mi querido amigo (aunque debería mejor quitar lo de "amigo" y declararlo como "padre intelectual", por todas las herencias que me ha ido legando en estos años de conocernos) y admirado colega Thomas Calvo, Vencer la derrota. Vivir en la sierra zapoteca de México (1674-1707), editado apenas en ese año que precede a éste por El Colegio de Michoacán, el Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos, el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social y la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Texto que ya ha sido publicado en francés bajo el título Vaincre la défaite. Vivre dans la Sierra zapotèque du Mexique. 1676-1707, editado en París con el sello de la prestigiosa editorial francesa L'Harmattan, 2009... con 299 páginas que se leen tan bien y como agua en francés como en su traducción al español, impecablemente hecha por Jean Hennequin, y la muy exacta presentación (por no abundar en sus detalles de crítica historiográfica, que hay que leer) de Beatriz Rojas.

¿De que trata Vencer la derrota? De pleitos, de asesinatos, de abusos de poder entre los propios indios zapotecas que habitaban, al final del siglo XVII, la pluriétnica alcadía mayor de Villa Alta. Y el primer gran y dramático suceso con el que abre el libro, es el de los seis pueblos de Cajonos (Caxonos actualmente), centrándose en la muerte de los que ahora son considerados por el Vaticano como los "mártires de Caxonos", un par de indios que denunciaron en su momento a finales del siglo XVII las prácticas idolátricas de la gente de su región y por ello fueron sacrificados.

Pero el libro va más allá de esa primer anécdota, pues el autor trata de contestarse, en el nivel microhistórico, preguntas que son importantes en el nivel macrohistórico de la monarquía hispánica. ¿Cómo era posible ejercer el poder y el control durante 300 años en un espacio político y administrativo que abarcaba los cuatro continentes? Thomas Calvo da en la clave y nos permite entender que, gracias a un proceso de aculturación en términos jurídicos y litigiosos, los indios novohispanos (al menos, pero esto es algo que excede por mucho a la región novohispana), aprendieron y utilizaron a su favor los instrumentos de defensa jurídica con que los dotó la Corona española. En segundo lugar, nos ofrece una interesante propuesta del cómo historiar estos litigios (no siendo, precisamente, un historiador del derecho y las instituciones), y en tercer lugar inserta la impronta de una experiencia personal ligada a su proceso de investigación que hace, de este libro, un manual de ciegos para los historiadores en ciernes (y no tan en ciernes), pues el contacto entre los problemas de las fuentes y la experiencia del historiador apararecen a cada instante. Un libro vivencial (en el cual cualquier amante de Clío se ve superado en la estrategia narrativa), pues confiesa situaciones del trabajo de archivo y de campo que pocos de nosotros estaríamos dispuestos a publicar.

Finalmente (pero no al final), un libro que viene a completar de manera magistral los trabajos que se han hecho respecto a esa región que Chance, en su clásico La conquista de la Sierra, echaba de menos hace cerca de veinte años. ¿Quién se había interesado en una región limítrofe, periferia de la periferia, marginal entre las marginales? Carmagnani un poco, Van Young en su clásico Drinking..., pero que a fin de cuentas no había sido una región de interés (esperamos con ansias la publicación del libro de Luis Arrioja, que vendrá a llenar muchos huecos de la historia india de la sierra zapoteca).

El problema que nos pone enfrente Thomas Calvo es que su historia es una historia (como bien ha visto Beatriz Rojas) a la búsqueda de un quiebre histórico. El autor se confiesa haciendo una microhistoria entre Carlo Levi y Alain Corbin, pero nos deja la sensación de una macrohistoria de la monarquía hispánica. Y leerlo me ha hecho recordar ciertos mometos de mi vida cuando, y por ciertas circunstancias yo no era historiador sino fotógrafo, gracias a una beca del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, me permití conocer esas regiones. Caxonos, al menos en el año de 1993, seguía resultando un "espacio a evitar" para los habitantes de la Sierra Zapoteca de Villa Alta... o al menos para los habitantes de San Bartolomé Zoogocho y San Juan y San Miguel Taabá. ¿Recuerdos de los acontecimientos del siglo XVII?

Seguiré leyendo.. pero desde ahora puedo intuir que Vencer la derrota se colocará en breve entre los "importantes" para entender la región oaxaqueña novohispana, junto a Carmagnani, Chance, Arrioja y algunos otros.

jueves, 30 de diciembre de 2010

José Luis Martínez y el amor por los libros.

En una reciente visita a Zamora en los primeros días de diciembre, mi querido amigo y admirado colega Rodrigo Martínez Baracs me regaló un pequeño libro suyo La biblioteca de mi padre (México, CONACULTA, 2010), que tiene como tema la creación y existencia de la inmensa biblioteca reunida a lo largo de su fecunda vida por el escritor, crítico e historiador de las letras mexicanas, diplomático y diputado jalisciense José Luis Martínez (1918-2007).




El texto fue escrito por Rodrigo para servir como una guía, descriptiva y prescriptiva, sobre el contenido de la biblioteca de don José Luis y el manejo que ésta debería tener en su nuevo hogar, la Biblioteca de México José Vasconcelos, conformando una colección especial cuya apertura a la consulta del público anunció en octubre su director Eduardo Lizalde. Sin embargo, el texto de Rodrigo va mucho más allá de ser un simple catálogo descriptivo y manual de uso; se trata, por el contrario, de un breve viaje memorioso y amoroso por la biografía de José Luis Martínez y su bibliofilia. Llena de contrastes, anécdotas de vida, confesiones y detalles personales, propios y ajenos, la memoria escrita por Rodrigo "se lee como agua" (como precisamente hubiera escrito su padre a lápiz en una esquina de la primera página del libro). Y lo digo así pues esta mañana he comenzado a leerlo y terminé sus 107 páginas de un tirón, experiencia que me dejó un maravilloso estado en el espíritu.

No voy a hacer en esta breve nota una mayor descripción del texto de Rodrigo, ni a repetir anécdotas o pequeños chismes que salpican aquí y allá sus páginas. Recomiendo, eso sí, leerlo, pues cualquier amante de los libros se enriquecerá con la experiencia y las vivencias contadas por Rodrigo. Quiero, al contrario, traer a la memoria a mi vez mi experiencia con esa biblioteca, cuando estaba en la casa de Rousseau 53, en la ciudad de México.

Conocí parte de la biblioteca de don José Luis una noche. La casa estaba llena de gente y festejábamos, pues aquella mañana Rodrigo había defendido su tesis doctoral en historia y etnohistoria en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Afuera del aula donde se llevó a cabo el examen, y mientras deliberaba el jurado, entablé una breve conversación con don José Luis. Yo había conseguido leer previamente un ejemplar de la tesis, que tenía Marta Terán, y le hice un comentario a su padre respecto a la impecable escritura de Rodrigo, al cual amablemente añadi un elogio a don José Luis sobre el oficio de escritor inculcado a sus hijos (Andrea es también muy buena en la escritura). Pero él simple y modestamente contestó: "No, es el haber crecido entre libros..." Esa misma noche entendí el comentario.

Nada más entrar en la casa de Rousseau 53, a pesar de que estaba llena de gente y meseros que iban y venían entre los invitados, la presencia de los libreros de madera llenos en todas y cada una de las paredes era impresionante. Después de felicitar nuevamente a Rodrigo, no pude resistir la tentación de recorrer con mis ojos los lomos del largo librero del comedor: literatura oriental, francesa, clásicos grecolatinos... un conjunto de autores y títulos que daban vértigo.

Pronto, la charla con Andrea y otros invitados me llevó a internarme en la "biblioteca" propiamente dicha: un amplio y envidiable estudio cuyas paredes estaban cubiertas completamente con libros de literatura e historia mexicana, arte, diccionarios. Recuerdo a don José Luis sentado en un sillón junto a otro sillón obscuro en el cual se encontraba sentado su gran amigo Alí Chumacero. La "biblioteca" estaba llena de gente que charlaba en grupos dispersos, pero los dos escritores amigos estaban absortos en su propia conversación, ajenos al ajetreo de alrededor.

Mi curiosidad hacía que mis ojos volaran de un estante a otro. Y pensaba en la frase de don José Luis de aquella mañana. Era verdad. Si yo había disfrutado mi infancia rodeado de la breve pero diversa biblioteca que había reunido mi madre, incursionando entre novelas clásicas, poesía, libros de pintura, de historia y enciclopedias, imaginaba la infancia de Rodrigo entre aquellos tesoros. Pero sobre todo, ese amor de José Luis Martínez por los libros y su contenido. Al despedirnos, le pregunté a don José Luis si algún día podría ir a visitar su biblioteca con calma. Con su intrínseca amabilidad me dijo: "Cuando quiera será bienvenido." Desgraciadamente, nunca fui.

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Adendas:
[20 enero, 2011]
Finalmente, el día de ayer se abrió al público el Fondo Bibliográfico José Luis Martínez. Aquí la nota.
[27 enero, 2011]
El imprescindible artículo de Gabriel Zaid en Letras Libres sobre la biblioteca de José Luis Martínez.