Benjamin T. Smith, The roots of Conservatism in Mexico: Catholicism, Society, and Politics in the Mixteca Baja, 1750-1962, Alburquerque, University of New Mexico Press, 2012. Illustrations. Photographs. Maps. Tables. Graphs. Notes. Appendixes. Bibliography. Index. ix, 432 pp.
The roots of Conservatism in Mexico es un libro ambicioso y al mismo tiempo propositivo. Explora los orígenes y la permanencia de un catolicismo popular campesino que, mezclado con la política, está detrás de diversas sublevaciones que se dieron en distintas zonas del México rural en contra de los gobiernos liberales y secularizadores en los siglos XIX y XX.
La imagen del campesino católico y rebelde no ha sido extraña para la historiografía de tema mexicano desde el mismo siglo XIX. De la oposición a las primeras reformas liberales de la década de 1830 hasta la Guerra Cristera (o cristiada) contra el gobierno postrevolucionario del siglo XX (1926-1929), estos campesinos armados y conservadores llamaron la atención de historiadores como Enrique Olavarría, José M. Vigil, Ciro B. Ceballos o Alfonso Toro. Para ellos, y muchos más, se trataba de bandidos, bárbaros y retrógrados que eran manipulados por el clero católico a su conveniencia. La historiografía sobre la revolución mexicana, tanto la de corte oficialista-nacionalista como la revisionista de tendencia marxista, reforzó aún más esta idea al enfrentar al campesino católico conservador con el ejemplo del campesino revolucionario, zapatista y agrarista. Más que comprender el fenómeno del conservadurismo campesino en México, esta historiografía se limitaba a denostarlo, a tratarlo como un hecho anómalo en el conjunto general del desarrollo histórico.
Los primeros intentos por entender el conservadurismo campesino vinieron de la mano con la aparición de una historiografía con dimensión regional y particularista, opuesta a la nacionalista generalizadora. Luis González con Pueblo en vilo (1968) y Jean Meyer con La Cristiada (1973-1975), pusieron las bases para comprender el porqué hubo (y hay) dinámicas en las sociedades regionales que parecen ir a contracorriente de la política nacional. Una de las primeras conclusiones de estos historiadores es que, más allá de la vinculación de los grupos campesinos y de pequeños propietarios rurales con el clero, la propia lógica interna de desarrollo de estas sociedades (su relación con el trabajo, la tierra, la economía y sus creencias) es la que las hacía conservadoras y tradicionales. Años más tarde, los estudios de Florencia Mallon, Peter Guardino o Mary K. Vaughan nos han ofrecido una mirada más amplia sobre el conservadurismo campesino y sus expresiones políticas frente al Estado. El enfrentamiento de estos grupos con las políticas del gobierno central adquirió otra lógica explicativa, y todo indicaba que el conservadurismo campesino tiene raíces que se remontaban a mucho más de un siglo de distancia.
Benjamin T. Smith se inserta conscientemente y de manera crítica en esta historiografía cuando nos ofrece un recorrido por la historia de una sociedad rural compleja (campesinos, indios, rancheros) de una región del sur del México central (la Mixteca baja), a lo largo de dos siglos (1750-1962). Smith nos recuerda que los habitantes de esta región rechazaron el reparto de tierras que intentaron hacer los zapatistas; por ello, muchas localidades campesinas de la Mixteca fueron quemadas y arrasadas por los revolucionarios. La memoria popular de los acontecimientos aún se aprecia el día de hoy en la narrativa de los murales del museo comunitario de Tequixtepec (Oaxaca).
Smith propone un acercamiento metodológico que está presente a lo largo de todo el libro: adaptar el concepto de economía moral de E. P. Thompson y de James Scott, que permite explicar las relaciones dialécticas entre las elites y las no-elites regionales en sus niveles económico, social y cultural. Pero como el componente cultural religioso adquiere, en este caso, un lugar preponderante, es necesario utilizar un modelo de cultura religiosa regional que integre también las relaciones entre la sociedad campesina y la institución eclesiástica. No es extraño, por lo tanto, que en vez de economía moral Smith hable de una economía espiritual. Finalmente, es necesario ahondar en el análisis de la política popular para entender la dinámica de las relaciones entre la formación social regional y la política del Estado.
A lo largo de los seis capítulos que componen el libro y en una narrativa cronológica que arranca en la época colonial, Smith delinea las intrincadas relaciones entre los aspectos económicos, sociales y culturales de la región; explora la conformación de la religiosidad popular y su conexión con la vida económica y las relaciones sociales. La magistral utilización de fuentes documentales heterogéneas (archivos nacionales, estatales, privados) le permite abundar en detalles y tejer una urdimbre densa.
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Puedes consultar también la versión en inglés de esta reseña publicada en: Hispanic American Historical Review, 95:4 (November 2015), pp. 678-679. En la versión on line con el doi
10.1215/00182168-316157.
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lunes, 30 de noviembre de 2015
viernes, 31 de enero de 2014
Sobre el Poder del dinero...
Francisco Andújar Castillo y María del Mar Felices de la Fuente (eds.), El poder del dinero. Ventas de cargos y honores en el Antiguo Régimen, Madrid, Siglo XXI, 2001, 357 p.
"Dice un famoso verso vuelto refrán: "Poderoso caballero es Don Dinero." No es en balde que Francisco de Quevedo haya compuesto esta letrilla, tan repetida durante generaciones y generaciones, hacia 1603 o 1604. Entonces joven de unos 23 años, Quevedo se había criado entre los pasillos de los palacios madrileños y los entresijos de la vida cortesana. Estos eran el corazón del aparato de gobierno del vasto imperio de las Españas que Felipe II había heredado de su padre. En esas Españas de principios del siglo XVII el dinero no funcionaba solamente como medio de intercambio de bienes y servicios, sino que también era un recurso con el que los particulares negociaban con el rey la obtención de cargos y oficios públicos en los más variados niveles del aparato del poder del monarca…"
Si le interesa seguir leyendo esta reseña, acuda al número 49 de la revista Estudios de Historia Novohispana, editada por el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México. En su interior, puede usted descargar el PDF.
"Dice un famoso verso vuelto refrán: "Poderoso caballero es Don Dinero." No es en balde que Francisco de Quevedo haya compuesto esta letrilla, tan repetida durante generaciones y generaciones, hacia 1603 o 1604. Entonces joven de unos 23 años, Quevedo se había criado entre los pasillos de los palacios madrileños y los entresijos de la vida cortesana. Estos eran el corazón del aparato de gobierno del vasto imperio de las Españas que Felipe II había heredado de su padre. En esas Españas de principios del siglo XVII el dinero no funcionaba solamente como medio de intercambio de bienes y servicios, sino que también era un recurso con el que los particulares negociaban con el rey la obtención de cargos y oficios públicos en los más variados niveles del aparato del poder del monarca…"
Si le interesa seguir leyendo esta reseña, acuda al número 49 de la revista Estudios de Historia Novohispana, editada por el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México. En su interior, puede usted descargar el PDF.
domingo, 8 de julio de 2012
Redes sociales e instituciones: reseña al libro de Michel Bertrand
Recientemente se publicó el número 26 de la revista Signos Históricos (julio-diciembre, 2011, vol. XIII) mi reseña al libro de Michel Bertrand, Grandeza y miseria del oficio. Los
oficiales de la Real Hacienda de la Nueva España, siglos XVII y XVIII, México,
Fondo de Cultura Económica, CIDE, CEMCA, Instituto Mora, El Colegio de
Michoacán, 2010, 591 p.
"Desde que vio la luz su primera edición en francés, en 1999, Grandeur et Misère de l’office (Paris, Publications de la Sorbonne), despertó un gran interés entre los estudiosos de las instituciones de la Monarquía hispánica entre los siglos XVI y XVIII. En los años siguientes a su publicación, el libro fue reseñado en prestigiadas revistas de México, España y Estados Unidos dándole una bienvenida muy positiva. Como a los vinos, el tiempo le ha adjudicado a esta obra varias cualidades importantes: Grandeur et Misère de l’office ha llegado a convertirse en este lapso en un clásico obligado para quienes cultiven la historia institucional y la historia social en los siglos y términos de la monarquía hispánica. La indudable calidad de su cepa la constituye la excelente mezcla lograda entre una acuciosa investigación por varios archivos de diversa densidad (Bertrand recurrió tanto a archivos generales de la monarquía como locales), el diálogo crítico con una extensa bibliografía (cuya metódica organización en apartados temáticos al final de la obra se agradece) y una toma de posición metodológica, crítica y reflexiva, sobre una debatida disciplina auxiliar de la historia, la prosopografía. Todo ello, por supuesto, sumado a la delimitación precisa de un campo de observación compuesto por las carreras de cerca de 300 oficiales de la real hacienda a lo largo de un siglo crucial -1660 a 1780- en la Nueva España. Dicho de otra manera, cómo funcionó el aparato fiscal del rey en Nueva España, a través de sus oficiales medios, entre la época de la impotencia de Carlos II a la época de la autoridad de Carlos III.
"A lo largo de una década, el trabajo de Michel Bertrand ha sido leído y aprovechado al grado de convertirse en referente obligado para quienes estudiamos las instituciones desde la perspectiva doble de la historia social y la historia cultural. Por ello, resulta difícil escribir algo novedoso respecto al libro, o que nuestros colegas no hayan ya notado o sabido. Sin embargo, al aparecer en español, Grandeza y miseria del oficio… se convierte en una novedad para un universo mucho más amplio de lectores, sobre todo estudiantes universitarios. Merece entonces la pena ocupar el espacio de una reseña para no sólo comentar el contenido del libro, sino intentar insertarlo en una perspectiva historiográfica.
"El aparato de gobierno y administración de justicia de la Corona sufrió grandes transformaciones entre el último tercio del siglo XVII y la segunda mitad del XVIII; precisamente lo que Burholder y Chandler llamaron “de la impotencia a la autoridad” en su clásico estudio sobre las audiencias indianas (1977). De este proceso no estuvo exento el aparato institucional correspondiente a la real hacienda, compuesto por las cajas reales y el tribunal de cuentas. Los oficiales de estas entidades vieron, a lo largo de ese poco más de un siglo, un aumento en su número pero, a veces, una disminución en cuanto a la diversidad de cargos, asumiendo a la vez la realización de las transacciones, las cuentas y su supervisión sin una jerarquía explícita, en el marco del “viejo ideal de colegialidad de la monarquía”, como diría Thomas Calvo en su reseña a Bertrand (Annales, 56ª, No 2, pp. 535-8). A través de las páginas del libro, queda claro que los oficiales reales gozaban de cierta autonomía en sus labores, lo cual invitaba no pocas veces al fraude y a la corrupción. En consecuencia, una ingente serie de leyes estrictas y ordenanzas regulaba los procesos de trabajo en las oficinas reales; la selección de los oficiales más capacitados, es decir, que demostraban conocer los intríngulis del papeleo y las cuentas, aspecto que con el tiempo se convirtió en la búsqueda de una verdadera profesionalización. A ello se sumaba una “cascada de supervisiones” (Capítulo III) instrumentada por los virreyes y los visitadores. Los diversos intentos de reforma del aparato hacendario durante el gobierno de los Borbones fueron desde la desvinculación patrimonial de los oficios de hacienda con el cese de la venalidad (hacia 1720), hasta los grandes ajustes en la época de Gálvez que terminarían con la instalación del régimen de intendencias, que colocó nuevas autoridades intermedias (los intendentes) para hacer más eficaz el control sobre la real hacienda, en la década de 1780.
"Sin embargo, con todo y las reformas y la cascada de supervisiones, muchas de las actividades, que llamaremos “irregulares”, de los oficiales reales siguieron vigentes y multiplicándose. No obstante, aquellas actividades irregulares -que podemos finalmente llamarlas por su nombre: corrupción y fraude-, aunque eran lesivas para los súbditos y, sobre todo, para la Corona, no significaban un fuerte detrimento ni ético ni operativo. La visión de la antigua historiografía sobre el gobierno y la corrupción en la monarquía hispánica, mirada que estuvo tan imbuida del esquema liberal de Estado Moderno donde la responsabilidad del empleado público se encuentra deontológicamente prescrita, nos legó una percepción negra al respecto. Pero los esquemas mentales de la edad moderna eran otros. Al contrario, la corrupción administrativa, como la llamamos hoy, servía como el aceite que engrasaba la maquinaria de gobierno para que pudiera funcionar en relación directa con los intereses económicos y sociales de las elites y los grupos de poder locales y regionales.
"El papel que jugaban en ese sentido los oficiales reales era central, según Bertrand, pues nos ha demostrado en este trabajo la manera en la que los jóvenes peninsulares o criollos promovidos a los puestos de oficiales reales eran recibidos con los brazos abiertos por las familias con intereses económicos locales y regionales y, cosa importante, con hijas en edad casadera. No es extraño que encontremos ciertos paralelismos pues, con los oficiales reales, sucedía algo muy parecido -aunque con sus respectivas dimensiones económicas y sociales particulares-, que con los mineros y comerciantes, que estudió Brading hace unas décadas: la llegada del joven cajero dependiente desde la península, casi siempre pariente en algún grado de patrón o paisano, el afianzamiento de lazos mediante el matrimonio, la renovación de la sangre y los contactos trasatlánticos. Más aún, nos lleva al esquema tan temido por la Corona –tan bien contado por John Leddy Phelan y Tamar Herzog para Quito-, de las familias indianas que intentaban atraer a los oidores y ministros a un buen casamiento local, y que generó tantas reales cédulas respecto a la ajenidad social que debía observar el magistrado para el bien juzgar en conciencia, subsanado por los tantos permisos del rey para el matrimonio entre oidores y damas locales, al menos hasta 1750.
"Pero los oficiales reales no eran ni miembros de familias de comerciantes instaladas de uno y otro lado del Atlántico ni, mucho menos, togados de realce, miembros de las audiencias y del consejo de su Majestad. A su llegada a la Nueva España, los oficiales reales no tenían un peso importante dentro de las redes económicas en términos de producción o intercambio, ni mucho menos, la fuerza jurisdiccional de un togado. Estos jóvenes contadores, tinterillos de los dineros y chupatintas de los libros de cuentas, eran meros oficiales de pluma entendidos en las cuentas, libranzas y los diversos impuestos, pero que difícilmente tendrían una promoción hacia otros mejores empleos (como sí la había en el caso de los letrados). No obstante, estaban insertos en un punto neurálgico del sistema de la economía y el mercado, pues manejaban los ingresos y egresos de la actividad económica que pretendía fiscalizar con rigor la Corona. No eran, en realidad, un buen partido para las hijas de familias criollas acomodadas, o al menos en apariencia. Sin embargo, el estudio demuestra que estas familias estaban más que decididas a realizar estos matrimonios desiguales. Al casar a los recién llegados oficiales con sus hijas, las familias locales adquirían un refrendo de pureza de sangre peninsular, algo que las mantenía en un estatus social importante. Pero, sobre todo, las familias y sus redes comerciales adquirían un operador de confianza en las aduanas y en todos aquellos puntos en el que el comercio y el contrabando se daban la mano. El oficial real adquiría, en contraparte y al apoyar a sus nuevos parientes y en detrimento a la lealtad a la Corona, ser partícipe de una red de relaciones familiares y clientelares con intensos intercambios de favores y servicios que lo ponían en un lugar de prestigio social que posiblemente nunca habría tenido en la península: un nombre, una familia, una red, un linaje que las familias intentaban reproducir para proseguir con el control de facto de las oficinas de su majestad. Obtenían también la posibilidad de enriquecerse fácilmente aunque no en demasía: en algunos ejemplos que nos muestra Bertrand, los oficiales no lograron hacer importantes fortunas en su mayoría. Todo ello lleva a Bertrand a demostrar claramente que los oficiales reales eran uno de los pivotes del diálogo y la negociación continua entre la Corona y las elites económicas y de poder local e, incluso, la punta de lanza en las negociaciones y conflictos entre las elites económicas locales y regionales, de las cuales participaban tanto criollos como peninsulares. Por cierto, esta perspectiva nos hace repensar el problema de los conflictos de intereses en la Nueva España más como un conflicto de doble vía, intereses locales enfrentados entre sí, pero intereses locales unidos y enfrentados con respecto a los intereses de la corona, con lo cual se desdibuja la antigua percepción de conflictos entre criollos y peninsulares.
"Hay muchísimos otros detalles en la obra de Bertrand que son dignos de mencionar, sobre todo en cuanto a la comprensión del proceso reformista del aparato de gobierno de la Corona. A partir del estudio del funcionamiento del aparato fiscal a través de sus miembros, queda claro que toda la serie de medidas implementadas posteriormente a la visita de Gálvez no son más que la culminación de un lento y secular intento por reformar las instituciones que procede desde finales del siglo XVII. Vale la pena también destacar la minuciosidad del análisis de grupo de oficiales pues el trabajo de Bertrand fue en su momento “el estudio más detallado jamás realizado sobre un grupo de funcionarios del imperio español”, a decir de Carlos Marichal (Estudios de Historia Novohispana, 24 [Enero, 2001], 179-82). El propio Marichal subraya al final de su reseña la pertinencia de llevar este análisis a un estudio comparativo, coincidiendo con lo dicho por Mark A. Burkholder en su reseña al mismo libro en el sentido de que un volumen parecido para el Perú sería un complemento muy bienvenido (HAHR, 81:2 [May, 2001], 373-4). Asignatura aún pendiente, hasta donde alcanzo a saber.
"En resumen, podemos decir que la obra que reseñamos aquí ha pasado la prueba del tiempo y sigue teniendo vigencia no solamente como un aporte al conocimiento del aparato de gobierno de la monarquía sino como propuesta metodológica de trabajo. Así que, quienes no se beneficiaron en su momento con la edición francesa, tienen ahora una impecable traducción en castellano a su disposición. Porque, como bien anotó Jorge Silva Riquer (HMex, LII:2 [oct-dic, 2002], 551-6), el trabajo de Bertrand “nos abre una nueva perspectiva de estudio y sobre todo de explicación para entender los entramados políticos, económico, social y cultural que se entretejieron entre los funcionarios reales y los grupos regionales…” Y aquí quisiera detenerme y hacer un quiebre para abandonar la obra de Michel Bertrand y ahondar brevemente en su contexto de producción historiográfica y en su importancia, más de una década después.
"A finales de los años 1980, como muestra Isabelle Rousseau, la prosopografía fue puesta a discusión como una metodología útil (para otros inútil) que podría servir tanto a historiadores como a sociólogos para explicar la formación del Estado. A lo largo de aquella década, se comenzó a utilizar un recurso ya muy conocido en Inglaterra desde hacía décadas gracias a los trabajos de Sir Lewis Namier y que se difundió entre historiadores franceses e italianos. La reconstrucción de las biografías colectivas de un grupo de individuos que compartiesen algo como una función, actividad o estatuto social, a partir de ciertas características como la educación o la carrera, poniendo énfasis en las redes de relaciones personales de los individuos y del colectivo que van desde los nexos y alianzas familiares y de amistad, la formación y dinámica de las clientelas hasta las lealtades y conflictos del tejido. La fuerza explicativa de la prosopografía puede ser muy fuerte pues el detallado conocimiento de los nexos y la composición de las redes y colectividades, sobre todo de las que se insertan en el aparato del estado, pero no sólo esas, permite generar una comprensión distinta que el análisis de clase o la teoría de las élites, en términos, por ejemplo, de las crisis.
"Algunos autores de la historiografía francesa de aquella década, como Autran, puso mucho énfasis en la prosopografía como sinónimo de la historia social de las instituciones. El estudio del comportamiento de los actores que mueven cotidianamente la maquinaria burocrática daba mayor comprensión de su estructura y el funcionamiento que el estudio del marco jurídico e institucional. Sin embargo, los distintos niveles de análisis de los datos personales de los miembros del colectivo pueden tener distintas densidades y el mal manejo del análisis en conjunto puede acarrear el peligro de oscurecer dinámicas importantes del grupo y de su inserción en otros nichos sociales. Por ejemplo, la utilización de la prosopografía exigió adaptar recursos, como las computadoras, para el análisis cuantitativo al mejor estilo de la historia serial y estadística. El análisis de los orígenes, niveles socioeconómicos, trayectorias académicas y desempeño profesional de los miembros del colectivo, todos ello datos cuantitativos, dejaban de lado aspectos cualitativos como los valores, cambios de mentalidades, en fin, el contexto cultural que da sentido a la acción de los seres humanos. La prosopografía, al igual que el análisis de redes sociales aplicado sin más, tenía entonces serias limitaciones a la hora de querer trascender la demostración de la estructura social del grupo, la regularidad de los perfiles socioprofesionales o las estadísticas matrimoniales, para pasar a un análisis de motivaciones, hábitos, disposición o mentalidades.
"Esta preocupación por la comprensión de las lógicas de comportamiento, estrategias familiares, económicas y políticas de los miembros del colectivo de los oficiales reales novohispanos es lo que hace justamente a Bertrand reducir el uso de la cuantificación prosopográfica al mínimo justo y no aplicar en extenso todas las reglas habituales del método. Todo ello con objeto de poner en un diálogo constante la información cuantitativa con los datos cualitativos. Algo que se suele seguir olvidando en los análisis de redes sociales.
En suma, Grandeza y miseria del oficio…, no es solamente un trabajo que aporta un importante conocimiento de parte de la estructura del aparato de gobierno de la monarquía: es un trabajo cuya fina y compleja arquitectura metodológica sigue sirviendo como paradigma para la construcción de una historia socio cultural de las instituciones."
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Para citar este texto: Víctor Gayol, "Michel Bertrand, Grandeza y miseria del oficio. Los oficiales de la Real Hacienda de la Nueva España, siglos XVII y XVIII, México, Fondo de Cultura Económica/Centro de Investigaciones y Docencia Económica/Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos/Instituto Mora/El Colegio de Michoacán, 2010, 591 p.", en Signos Históricos, XIII:26 (julio-diciembre, 2011), pp. 185-191. ISSB 1665-4420
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sábado, 9 de junio de 2012
La microfísica del poder o el arte de estar en el lugar preciso.
El arte de estar en medio es la traducción al español del libro de la profesora de la Emory University (Atlanta, Georgia) Yanna Yannakakis: The art of being in-between, que fue publicado en 2008 por la prestigiosa editorial anglosajona Duke University Press. El texto de Yannakakis analiza la importancia que tuvieron los intermediarios indios en la Oaxaca novohispana del siglo XVIII (la periodización precisa es 1660-1810), a partir del estudio de su doble papel, a la vez central, como agentes de mediación cultural y política entre las instituciones de gobierno y administración de justicia españolas y los pueblos de indios, en una región de población mayoritariamente indígena y con una notable diversidad étnica: la sierra norte de Oaxaca, conocida también como la "Sierra de Juárez." Una región que ha sido estudiada por varios historiadores y sobre la que se han escritos libros que se han convertido en clásicos de la literatura etnohistórica como el de John K. Chance (1), o notables como el de Thomas Calvo, comentado en este cuaderno hace tiempo.
El arte de estar en medio... es un título que juega con una frase de Michel de Certeau (2) que le sirve a Yannakakis como epígrafe ya que concentra una de las grandes preguntas que debe hacerse un historiador de la vida cotidiana: ¿Quiénes son los individuos que sirven como enlaces en la extensa redes sociales de las relaciones de poder? O, dicho de una manera más foucaultiana: ¿cuáles son los vasos comunicantes de la microfísica del poder? Y de eso trata el libro. Yannakakis nos muestra, de manera detallada y en acción, los casos de una serie de individuos indios que sirvieron como correa de transmisión entre las localidades indias y las autoridades hispánicas. Esta dedicada mirada a los intermediarios termina por aclarar en mucho una idea ya presente en la historiografía acerca de la importancia que jugaron los miembros de las elites indias en el proceso de afirmación del gobierno español a nivel local y regional, pero que a la vez fueron también actores fundamentales para la construcción de una cierta autonomía política y cultural de los pueblos de indios en la Nueva España. Es, pues, la demostración de una hipótesis largamente enunciada pero que nunca había sido trabajada hasta este nivel microhistórico, y que ahora nos permite entender mejor la forma mediante la cual la corona española logró mantener una cohesión política en los vastos territorios ultramarinos de la monarquía, además de una constante recaudación de recursos económicos por medio del tributo indígena. El arte de estar en medio... responde ampliamente a la pregunta de cómo fue posible que un pequeño puñado de españoles pudiese controlar y gobernar a miles de indios de diversos pueblos, linajes y territorios con amplias diferencias etnolingüísticas.
La clave está en los mediadores culturales, desde la Malitzin cortesiana y el noble maya Antonio Chi, hasta los descendientes de los nahuas tlaxcaltecas que acompañaron a los españoles a la conquista de la sierra al norte de Antequera y que terminaron fundando el barrio de Analco en Villa Alta, pasando por los mártires de Cajonos. Ciertamente, esta pregunta había comenzado a responderse en el trabajo de García Martínez sobre los pueblos de la sierra norte de Puebla (3), y en los de Rodolfo Pastor sobre la Mixteca (4), trabajos que ofrecen miradas altamente analíticas de las estructuras y dinámicas de los pueblos de indios con respecto al gobierno español. Sin embargo, no se había dedicado una monografía tan detallada específicamente a la figura de los intermediadores.
Otro aspecto también notable del libro de Yannakakis es que, además de mostrar con muy buena pluma una buena cantidad de casos empíricos de intermediación de agentes indios, tanto en su acción frente a las instituciones hispánicas como al interior de la vida cotidiana de sus comunidades, pone en juego críticamente una serie de presupuestos teóricos y meteorológicos. Su postura crítica ante las categorías analíticas permite reflexionar el sentido y validez de los esquemas que se han discutido desde hace años, como el problema de las relaciones centro y periferia, o aquel otro de las relaciones entre conquistadores y conquistados; por no hablar del problema de términos como aculturación y resistencia. Todos estos modelos terminan hondamente trastocados en El arte de estar en medio....
Ese ir desde lo empírico a lo teórico es posible gracias al hilado fino de una microhistoria que es detallista al extremo, pero que no olvida dialogar continuamente con una perspectiva global, general de la historia. En este sentido, a Yannakakis le ayuda mucho el entronque de varias vías de abordaje meteorológico que es, en ciertos puntos, sorprendente, porque la primera impresión es que se trata de un ensayo totalmente ecléctico, a caballo entre la historia y la antropología; un trabajo en el que hay historia social, historia cultural, etnohistoria y antropología histórica. La clave está en que Yannakakis tomó muy en cuenta el llamado de William B. Taylor (5) a estudiar la estructura y dinámica de las intrincadas redes de relaciones sociales a nivel local como método de comprensión del funcionamiento del amplio sistema “colonial” español. Parte de la atinada respuesta a ese llamado es el interés por estudiar cuestiones lingüísticas que parecerían superfluas a otros ojos, como el caso de los cambios culturales que sufrieron los términos implicados en los ámbitos de gobierno e intermediación político y cultural. Por ejemplo, es muy interesante la atención que presta Yannakakis a los cambios semánticos del término indio ladino, para referirse a los indios que poseían las herramientas culturales necesarias que les permitía ser partícipe de esa negociación continua e intensa entre autoridades españolas y autonomía india: la lengua, la escritura, el conocimiento del derecho, pero también de la costumbre y las particularidades culturales propias de la sociedad india. Un “saber hacer” en ambos mundos.
Pero me parece que la perspectiva teórica central que le permite incursionar provechosamente en el análisis del impresionante corpus documental que fue utilizado por Yannakakis para esta investigación parte de las ideas gramscianas reelaboradas por William Roseberry en un importante y poco atendido artículo (6) en el que Roseberry propuso que el establecimiento del consenso entre dominados y dominadores es una continua negociación y reformulación de los términos del conflicto, en las que consenso implica a su vez resistencia y lucha por las vías institucionales y/o en el nivel cotidiano de las relaciones cara a cara. Ciertamente no es el único (hay una gran literatura desde los estudios subalternos), pero es uno de los más claros.
Finalmente quisiera destacar que, a su aparición en 2008, el libro de Yannakakis fue recibido por la comunidad académica con mucho interés y rápidamente se situó en la arena del debate. Muestra de ello son las diversas reseñas críticas que recibió la obra, entre las que destacan las publicadas en la American Historical Review (la revista de la American Historical Association, una de las más importantes en la academia estadounidense), The Americas, Colonial Latin American Historical Review, Hispanic American Historical Review, Social History, entre otras.
Datos:
* El arte de estar en medio, de Yanna Yannakakis, se puede conseguir en la librería virtual del COLMICH.
* El próximo jueves 14 de junio en Oaxaca (Independencia 901, Centro Histórico), presentarán y dialogarán sobre el libro Margarita Menegus, Edgar Mendoza, Luis Alberto Arrioja y la autora.
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Notas y referencias:
(1). John K. Chance (1989), Conquest of the Sierra. Spaniards and Indians in colonial Oaxaca, University of Oklahoma Press [hay edición en español que es muy difícil de conseguir: La conquista de la Sierra. Españoles e indígenas de Oaxaca en la época de la Colonia, Oaxaca, Instituto Oaxaqueño de las Culturas, CIESAS, 1998].
(2) "Por un arte de estar en medio, obtuvo resultados inesperados de su situación", Michel de Certeau, La práctica de la vida cotidiana (1984).
(3) Bernardo García Martínez (1987), Los pueblos de la Sierra: el poder y el espacio, México, El Colegio de México.
(4) Rodolfo Pastor (1987), Campesinos y reformas: la Mixteca 1700-1856, México, El Colegio de México.
(5) W.B. Taylor, "Between global process and local knowledge. An inquiry into Early Latin American Social History", en Olivier Zunz (ed.) Reliving the Past. The Worlds of Social History, University of North Carolina Press, Chapel Hill, 1991, pp. 115-190 [recogido en una edición en español gracias a Brian Connaughton en la Universidad Autónoma Metropolitana: Entre el proceso global y el conocimiento local. Ensayos sobre el Estado, la sociedad y la cultura en el México del siglo XVIII, México, UAM-Iz, 2003].
(6) William Roseberry, "Hegemony ant the Language of Contention", en Gilbert M. Joseph & Daniel Nugent (eds.), Everyday forms of State Formation, Duke Univerity Press, 1994, pp. 355-365
domingo, 16 de enero de 2011
De historias constitucionales y nuevas perspectivas.
En el libro que mencionaré más adelante en esta nota, Carlos Garriga (coordinador y presentador de la publicación) escribió una interesante reflexión en la que tomó como ejemplo de la misma el cuadro de Goya que vemos arriba. Garriga nos recuerda que el cuadro fue visto durante muchos años como la alegoría de España escribiendo su historia, hasta que una "audaz, erudita y muy literaria (o poco histórica)" interpretación de Eleanor Sayre de 1979 (al año siguiente de la promulgación de la Constitución española), convirtió este cuadro en una alegoría de la Constitución de 1812. Los argumentos de la interpretación de Sayre y quienes la siguieron son muy interesantes. Sin embargo, Garriga recuerda que los trabajos de Isadora Rose-de Viejo sobre este cuadro han echado por tierra cualquier posibilidad de vinculación entre esta alegoría (pedida a Goya por Manuel Godoy antes de 1812) y la Constitución de Cádiz promulgada en 1812. Y es de esto que vamos a tratar aquí: de Constituciones.
En términos del discurso jurídico vigente en la actualidad, una Constitución es la "Ley fundamental de un Estado que define el régimen básico de los derechos y libertades de los ciudadanos y los poderes e instituciones de la organización política." (RAE, vid.) Las constituciones en este sentido comenzaron a fijarse en la transición del denominado Antiguo Régimen al Estado Liberal en el mundo europeo occidental y en las regiones occidentalizadas relacionadas con ese mundo, allá por los finales del siglo XVIII cuando, como un producto de la revolución francesa, se creó una comisión para redactar el que conocemos como Código Napoleónico (code civil des Français, 1804), que si bien estaba pensado para hacer un compendio o recopilación de las amplísimas leyes francesas creadas por la jurisprudencia producida por el rey y las corporaciones a lo largo muchos siglos, tenía el encargo de borrar las diferencias jurídicas entre las personas en función de su calidad, para hacer del individuo sujeto único de un derecho universal; concepto que es fundamental y clave de la doctrina liberal.
En una muy amplia tradición historiográfica político-jurídica originada en el siglo XIX se consideró que todas las Constituciones posteriores al Código de 1804 eran enunciados fundacionales de los "Estados Nación" modernos. Particularmente, la historiografía del constitucionalismo se construyó a lo largo de los años como un discurso apologético estatalista a partir de una mirada teleológica que ponía a las constituciones en el origen de los estados nacionales que trataba de legitimar.
Desde la década de 1970, Francisco Tomás y Valiente (jurista e historiador español asesinado por ETA el 14 de febrero de 1996) comenzó a animar los estudios de historia constitucional española en una perspectiva crítica desde sus libros, artículos y cátedras. Varios de sus discípulos se hicieron muy buenos historiadores del derecho (y constitucionalistas), pero sobre todo el prolífico Bartolomé Pipo Clavero se convirtió en el más importante exponente de la historiografía crítica jurídica española (y sus intereses constitucionalistas lo han llevado a estudiar no solamente las constituciones españolas, sino las de todo el mundo hispano-americano, sin mencionar el problema de la constitución europea). Como respuesta al asesinato de Tomás y Valiente, en el mismo año de 1996 Pipo se dio a la tarea de trabajar incansablemente por sus propuestas académicas en conjunto con varios profesores e investigadores españoles consolidados así como otros jóvenes que terminaron de formarse en el grupo de trabajo que se creó entonces: Historia Cultural e Institucional del Constitucionalismo en España (HICOES), que con el correr del tiempo vendría a incluir a América y sus constitucionalismos, también, como parte del proyecto.
Entre las muchas actividades que realiza el grupo se encuentra la de organizar seminarios y cursos en España y el resto del mundo. Tocó el turno a México, en septiembre del año 2007. Animados por los colegas y amigos del Instituto Mora, la Escuela Libre de Derecho, El Colegio de México, el Centro de Investigación y Docencia Económicas y El Colegio de Michoacán (instituciones co-organizadoras), entre el 17 y el 22 de aquel mes se llevó a cabo en el Instituto Mora un exitoso curso monográfico para posgrado, Historia y Constitución. Trayectos del constitucionalismo hispano, al que asistimos tanto profesores, investigadores, doctorandos y alumnos de nuestras instituciones como de otras. Fue una semana de intensa comunicación e intercambio académico, tanto por las sesiones matutinas del curso como por las sesiones "extra curriculares", donde hubo mucho aprendizaje, discusiones amables y en ocasiones acaloradas. Pero no es mi intención reseñar aquel curso tantos años después, sino mencionar uno de sus productos, que empezó a circular en septiembre del año pasado.
Se trata del libro coordinado por Carlos Garriga (a quien debo mucho de lo poco que sé de historia crítica del derecho) y que reúne los textos de los académicos miembros de HICOES que participaron en aquel curso.

Carlos Garriga (coord.) Historia y Constitución. Trayectos del constitucionalismo hispano, coordinadora editorial Beatriz Rojas, México, CIDE, Instituto Mora, El Colegio de Michoacán, ELD, HICOES, El Colegio de México, 2010, 415 p., ils. [ISBN 978-607-7613-38-1]
El libro está dividido en tres partes. La primera, Tránsitos, agrupa tres trabajos que tratan precisamente de los procesos de transición jurídica entre el Antiguo Régimen y el Estado Liberal: José M. Txema Portillo Valdés, "Entre la historia y la economía política: orígenes de la cultura del constitucionalismo"; Carlos Garriga, "Continuidad y cambio del orden jurídico"; y Paz Alonso Romero, "La formación de los juristas".
La segunda parte, Sujetos y Territorios, trata justamente de la diáda más compleja y problemática del proceso constitucionalista en sus inicios; cómo definir a los sujetos y cómo determinar los marcos territoriales administrativos y políticos: Bartolomé Pipo Clavero, "Constitución de Cádiz y ciudadanía de México"; Jesús Vallejo, "Paradojas del sujeto"; y Carmen Muñoz de Bustillo, "Constitución y territorio en los primeros procesos constituyentes españoles".
La tercera parte aborda el nudo del problema en la transición jurídica de aquellos años: cómo organizar los poderes. Potestades y poderes. Administración y justicia incluye los textos: Fernando Martínez Pérez, "De la potestad jurisdiccional a la administración de justicia"; Alejandro Agüero, "La justicia penal en tiempos de transición. La República de Córdoba, 1785-1850"; Marta Lorente, "División de poderes y contenciosos de la administración: una -breve- historia comparada"; y Margarita Gómez Gómez, "Del 'ministerio de papeles' al 'procedimiento".
La extensión de una breve nota no permite entrar a una exhaustiva reseña de cada uno de los capítulos de este libro. Cabe, sin más, invitar a su lectura considerando que es una historiografía jurídica crítica, es decir, que trata de colocar su punto de vista no en el presente "que acabó por suceder" sino en el pasado mismo, para así desmontar el peso apologético del Estado Liberal que ha tenido la historiografía tradicional jurídica, característica que nos hacía huir a los historiadores sin adjetivos de los engorrosos textos de historia del derecho tradicional. Sin embargo, en otros campos historiográficos (Garriga cita atinadamente a François-Xavier Guerra y a Antonio Annino), se ha caído en cuenta que el conocimiento de lo jurídico es imprescindible para entender lo social y la problemática política que conlleva. De ahí que se agradezca que los historiadores de lo jurídico (no todos, ciertamente) se hayan dado a la tarea de hacernos más legible y aprovechable el intrincado mundo del derecho, las instituciones y las constituciones.
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sábado, 8 de enero de 2011
Iglesia, Independencia y Revolución.
El año pasado (2010) fue de múltiples eventos académicos y conmemorativos con el tema del bicentenario del inicio del proceso de independencia en México y el centenario del inicio de la revolución mexicana. En medio de todos estos actos, tuve el honor de ser invitado por el presbítero Dr. Juan Carlos Casas García a presentar un libro editado por él: Iglesia, independencia y revolución (México, Universidad Pontificia de México, 2010, 435 p.). Transcribo aquí algunas partes del texto de presentación que se llevó a cabo en el mes de noviembre de 2010.

El libro reúne la mayor parte de los trabajos que se presentaron en las Jornadas de historia Iglesia, Independencia y Revolución, organizadas por la Universidad Pontificia y que tuvieron lugar en la ciudad de México en mayo del año de 2009. Los trabajos presentan diversos aspectos de la relación de la Iglesia con estos dos acontecimientos, escritos por connotados especialistas, muchos de ellos colegas cercanos, conocidos e, incluso, muy apreciados por mí, que se han dedicado ya sea a la historia de la independencia, ya sea a la de la revolución, y especialmente a la participación e importancia de la institución eclesiástica y sus miembros en dichos procesos históricos. Es pues una reunión feliz, de trabajos muy interesantes, y es de agradecer al Dr. Casas la labor de ponerlos juntos y darnos esta obra que seguramente se colocará como una importante revisión plural del tema. Como es característico en este tipo de libros –ni modo, así es- no todos los trabajos guardan un formato parecido, aunque resultan todos de gran interés y calidad, y evidentemente hay temas que habrán quedado fuera, algunos huecos, algunas ausencias de autores como la de Brian Connaughton, por ejemplo (aunque en el momento de la presentación, Juan Carlos Casas apuntó que no le fue posible a Brian entregar su texto para publicar, dado su intensa actividad académica). No solamente para el especialista sino para el lector interesado, es un libro que resultará de mucho interés.
Antes de entrar en materia diré dos cosas respecto a la importancia del tema y comienzo por curarme en salud (como decía Felipe II). Yo no soy especialista en historia de la iglesia, sino que me dedico a la historia de las instituciones de gobierno y administración de justicia antes y después de la independencia; pero a lo largo de estos años me he topado en mi trabajo repetidas veces con cuestiones eclesiásticas. Desde el hecho de que no podemos entender la conformación de las instituciones de gobierno y administración de justicia, del derecho, o de la idea misma de justicia, sin percibir y comprender la gran impronta de la institución eclesiástica así como la participación de sus miembros en asuntos de gobierno hasta antes, e incluso, un tiempo después de la independencia; y de ahí vamos hasta el hecho, innegable, de que la Iglesia y los hombres de la Iglesia son y han sido actores fundamentales en la sociedad mexicana así como en las sociedades hispánicas. Por otra parte, el derecho y el concepto de justicia estuvieron integrados durante siglos por una serie de derechos distintos -entre ellos el Canónico-, y la jurisprudencia, hasta bien entrado el siglo XIX, no es posible entenderla sin su dosis de teología, sobre todo de teología moral.
Muchos de los personajes que estuvieron participando activamente y discutiendo la situación política en ese proceso de transformación en el cual se inserta la guerra de independencia de México –y la guerra de independencia de la mayor parte de los países de lo que hoy es América Latina-, eran miembros del clero. No solamente miembros del mal llamado “clero bajo”, es decir, curas párrocos, vicarios o presbíteros sin destino parroquial entre los activos guerreros que lucharon en la insurgencia (como Miguel Hidalgo, José María Morelos, José Sixto Verduzco, Mariano Matamoros y otros), sino que también miembros de cabildos catedrales, clero diocesano, así como clero regular, que participaron como diputados a instancias representativas, como las Cortes Generales que se reunieron en la península para debatir, opinar y, finalmente, redactar la Constitución Política de la Monarquía Española en Cádiz. Aquí podemos mencionar a los novohispanos José Ignacio Beye Cisneros, José Miguel Guridi y Alcocer o Miguel Ramos Arizpe. Algunos de ellos, como Guridi y Ramos Arizpe, luego participaron activamente en la construcción de las instituciones del México independiente desde posiciones en el Congreso constituyente, y a ellos se les sumaron otros eclesiásticos tan polémicos como el fraile de la Orden de Predicadores, el dominico Servando Teresa de Mier.
Pasando a la época de la revolución (donde confieso me siento más desprotegido pues no es un periodo en el que me mueva como pez en el agua, y por ello no haré quizá tantos comentarios como sobre el periodo de la guerra de independencia), la Iglesia también tuvo un papel muy importante, aunque desde una posición o ubicación en el entramado social, económico y político muy distinta del periodo de las independencias. El gran embate contra el poder político y económico de la Iglesia, que había empezado en la segunda mitad del siglo XVIII con el regalismo borbónico pero que en realidad tomó fuerza y se asentó en la segunda mitad del siglo XIX con el triunfo del liberalismo, desplazó o cambió la relación entre el poder político y la institución eclesiástica. La desamortización de los bienes eclesiásticos, la exclaustración de las órdenes religiosas y la laicización del poder político, pusieron a la Iglesia en una postura que fue desde el enfrentamiento a la conciliación, pero que finalmente, provocó la necesidad de cambiar las estrategias para proseguir con su labor pastoral en la sociedad. Me disculparan si lo digo de una manera que parece un tanto complicada, pero es que no es tan sencillo, como nos enseñaron desde la primaria, hablar de la separación de al Estado y la Iglesia. La laicización de la mayor parte de los gobiernos en el mundo occidental durante el siglo XIX, produjo la necesidad de un cambio de orientación en la política pastoral de la Iglesia, política que se predica desde la propia silla pontificia de León XIII, específicamente mediante la encíclica Rerum Novarum (15 de mayo de 1891). Atendiendo a este llamado del Papa, sobrevino una forma de acción de la Iglesia completamente distinta que conocemos con el nombre de “catolicismo social”. Este catolicismo social presente en la acción pastoral indujo la aparición de agrupaciones sociales y políticas cuya comprensión es fundamental para entender nuestra revolución. Contrapuesto al individualismo predicado por el liberalismo imperante, el catolicismo social se volcó en la comunidad, en la colaboración, en la solidaridad. Es por ello que no resulta extraño ver que muchas de las organizaciones de obreros y trabajadores que aparecieron en México en la última década del siglo XIX, hayan sido mutualidades de trabajadores con una activa militancia católica. Asimismo, la aparición del Partido Católico y la enunciación de las ideas políticas del catolicismo tuvieron una impronta fundamental en el contenido social del artículo 123 de la Constitución de 1917, que es el que regula las relaciones laborales. Por cierto, en este sentido es que abunda el trabajo de uno de los autores de este libro, Jorge Adame Godard, quien es uno de los mayores estudiosos de la historia de la Iglesia en México.
Por estas razones, y muchas otras, es que resulta importante la articulación de la historia de la Iglesia en México con estos dos periodos históricos. De ahí, la importancia del libro. Doy ahora fe del contenido y, posteriormente, cerraré con una breve reflexión sobre nuestro momento historiográfico. El libro se divide, obviamente, en dos secciones, una referente al proceso de independencia y la segunda al de la revolución. La primera parte del libro la abre el trabajo de Guadalupe Jiménez Codinach, quien es especialista en la independencia y sobre todo en la figura de Ignacio Allende, y quien es una de las responsables de que el gobierno español reintegrara este año al gobierno mexicano una de las primeras banderas de la insurgencia, un estandarte con San Miguel y la Virgen de Guadalupe que enarbolaran las milicias de Allende. En su texto; Jiménez Codinach reflexiona acerca de la relación entre la guerra y la vida cotidiana. En un formato de pequeñas cápsulas temáticas, Jiménez Codinach nos ofrece una radiografía de la sociedad de la época, que es muy importante para entender la manera en la que la institución eclesiástica pero, sobre todo, los hombres que la componían, estaban insertos en esa vida cotidiana, no solamente en su labor pastoral sino en muchos otros ámbitos detonados por la insurgencia.
Le sigue el trabajo de Gustavo Peña Hernández, quien hace un interesante análisis del pensamiento de los eclesiásticos novohispanos que participaron en las discusiones de las Cortes Generales Españolas, y que ya mencioné al principio de este comentario. Cabe mencionar que la posición como eclesiásticos dotaba a aquellos 17 diputados novohispanos de un conocimiento vasto, no sólo del derecho, no sólo de la idea de la constitución de una sociedad política, sino también de los problemas sociales y económicos que afectaban a la población en su conjunto. Por ejemplo, Guridi y Alcocer introdujo a la discusión en las Cortes la necesidad de abolir la esclavitud y de lograr una sociedad más justa e igualitaria borrando distinciones raciales. Fue por ello un gran crítico de la manera en la que la Constitución de Cádiz dispuso la idea de quienes componían a la Nación.
Por su parte, María Cristina Torales Pacheco pasa la lista del clero novohispano que tenía nuevas ideas respecto al bienestar público, su interés por la sociedad en general, y enfatiza que estas ideas eran compartidas por el conjunto del clero diocesano y regular.
Diana González Arias nos abre una ventana a las tensiones políticas previas a la independencia que se suscitaron entre la Iglesia y la Corona, llevándonos de la mano a través del hilo del problema de la igualdad de oportunidades que tenían los eclesiásticos criollos y peninsulares para acceder a las prebendas y canonjías. La corona había venido estableciendo una política de incremento del clero peninsular en los cabildos catedrales, poniendo obstáculos a los criollos. Esto produjo importantísimos pleitos entre los cabildos y la corona, que son el tema de su ensayo.
Los trabajo de Francisco Morales Valerio y de mi admirado colega Manuel Ramos Medina, tratan la reacción y estado que guardaron dos órdenes religiosas al estallido de la insurgencia, el primero tratando a los franciscanos y el segundo, a la que es su especialidad, la Orden del Carmelo. Más que tratar de responder si las órdenes o si los miembros de la orden estaban de acuerdo o no con la insurgencia, simpatizaban o rechazaban el movimiento, los trabajos nos muestran la complejidad de decisiones y acciones en la que se vio inmerso el clero regular al estallido de la rebelión, que va desde la simpatía y apoyo activo de algunos franciscanos hasta el horror de los carmelitas cuando los insurgentes saquearon el convento de Celaya, uno de los más ricos de la orden y de la región.
El trabajo de Alicia Tecuanhuey, especialista en la historia poblana del periodo, nos ofrece un análisis muy interesante de la conformación de las ideas políticas del clero de la diócesis de Puebla y de su participación en las grandes discusiones de la época que tenían que ver con la crisis política de la monarquía, el problema del gobierno, de la representación y la ciudadanía, y el papel activo de la Iglesia en todo ello.
Una vez consumada la Independencia, en septiembre de 1821, muchos eclesiásticos que habían sido actores políticos y sociales de los acontecimientos de la década anterior, siguieron opinando y pronunciándose respecto a la construcción de un país independiente, las políticas de gobierno y el papel de la Iglesia en el nuevo Estado. El trabajo de mi querida colega Ana Carolina Ibarra analiza ese debate desde las posturas distintas, y a veces encontradas, de tres canónigos: de la Bárcena; San Martín y Guridi y Alcocer.
Como cada vez sabemos más sobre ese asunto tan complicado, la independencia trajo consigo problemas políticos de muy distinta índole. Uno de ellos, y de crucial importancia para la Iglesia, fue el del Patronato. Mediante el real patronato, la Iglesia en el territorio de la monarquía había sido puesta bajo la protección del rey español, concesión que le permitía al rey decidir –incluso sobre las decisiones del Papa-, varias de las directrices políticas y administrativas de la vida eclesiástica como el nombramiento de obispos, la participación de la corona en la recaudación del diezmo, entre otras cosas. A su vez, la Iglesia católica en la monarquía recibía ciertos privilegios. La independencia provocó la salida de muchos miembros de la jerarquía eclesiástica así como la negativa del Pontífice de reconocer al nuevo país independiente llamado México y, mucho menos, la creación de un Patronato Nacional. Esto desató una fuerte polémica sobre si era adecuado o no mantener dicha concesión y privilegios, estudio del que se encarga Alfonso Alcalá Alvarado.
Finalmente se cierra el primer apartado con un trabajo de Luis Ángel Bellota que llamó mi atención. Para armarlo, este joven estudiante de la maestría en Estudios Latinoamericanos de la UNAM sigue en mucho lo que hizo Andrés Lira cuando en su fantástico libro Espejo de discordias contrapuso o, mejor dicho, puso a dialogar a tres grandes pensadores, políticos e historiadores que vivieron la guerra de independencia y su consumación: Carlos María de Bustamante, José María Luis Mora y Lucas Alamán. En su libro, Andrés Lira se centró en las ideas que tenían cada uno de los tres personajes sobre el mismo hecho de la independencia. En su artículo, Luis Ángel Bellota analiza las ideas que tenían estos tres personajes sobre el papel de la Iglesia en el México independiente, lo cual me pareció un ejercicio interesante.
En la segunda parte del libro versa sobre el periodo revolucionario. No abundaré mucho en esta parte por tres razones principalmente: la primera porque, como ya dije, no soy especialista en el periodo; la segunda para no aburrirlos más y, la tercera, que es la más importante, para invitarlos a leer el libro. Una invitación a esta lectura la hago repasando los temas y autores de manera rápida. Se aborda de nueva cuenta la situación social y cultural, y el contexto de ideas en los cuales la institución eclesiástica actúa y opina. Esto lo hace con su entretenida pluma el maestro Aurelio de los Reyes. Hay también varios textos que tratan el problema de la tensión entre las ideas de los gobiernos liberales y la Iglesia: por ejemplo, el de Raúl González Schmall sobre cuestiones como la Constitución y la regulación de la vida religiosa; Adame Goddard –a quien ya mencioné al principio- sobre la influencia del catolicismo social en el contenido-, y las ideas sociales constituyentes; María Eugenia García Ugarte, quien aborda el problema de la libertad y tolerancia religiosa a lo largo del siglo XIX de una manera sintética como sólo quien conoce a fondo el tema puede exponer. Por su parte, Ramón Aguilera Murguía hace una breve historia del Partido Católico, mientras que Valentina Torres Septién mira la tensión entre Iglesia y gobierno respecto al tema del control de la educación. Un interesante análisis del pensamiento político católico es el que hace María Luisa Aspe Armella, pues nos ayuda a comprender la diversidad de posturas respecto a la participación de los católicos frente al gobierno que surgen a partir de 1930, y de entre las cuales se encuentra el origen del Partido Acción Nacional.
Distanciándose un poco del problema de la tensión en las relaciones entre la Iglesia y el gobierno, hay tres trabajos que analizan otros temas que son de igual manera interesantes y complementan lo anterior. El trabajo de Franco Savarino ofrece una mirada comparativa sobre el alejamiento o acercamiento entre gobierno e Iglesia, en el contexto de los movimientos nacionalistas. Mientras que en México hubo un alejamiento, en la Italia de Mussolini. Este análisis comparativo se podría quizá también hacer, pienso ahora en voz alta, con respecto a la España del franquismo. Por su parte, Concepción Amerlink de Corsi nos relata las estrategias de sobrevivencia de los conventos de monjas después de la exclaustración; mientras que el trabajo de las historiadora del arte Montserrat Galí analiza la obra pictórica del jesuita Gonzalo Carrasco.
Un tema que me llamó mucho la atención es el análisis que hace Manuel Olimón Nolasco sobre la tercera carta pastoral del obispo de Tepic en 1919, Manuel Azpeitia y Palomar. Por la guerra revolucionaria, por la política de Carranza y toda esa coyuntura, la labor pastoral de las diócesis cayó precipitadamente. ¿Qué hacer, se pregunta Azpeitia, ante esta crisis? La necesidad de llevar a cabo una reconstrucción integral de la labor pastoral pasaba necesariamente en ese momento por la reflexión de la crisis de las vocaciones sacerdotales, un tema que ocupó la discusión de los miembros de la jerarquía eclesiástica del país.
En fin, se trata de un libro que, como ustedes habrán apreciado en esta breve reseña, trata sobre un tema pero trata a la vez sobre muchos temas. Es pues una buena puerta de entrada para mirar esa complejidad en las relaciones entre la historia eclesiástica, la historia política y la historia social. Si bien, estoy cada vez más convencido –y en cierta medida este libro me permite afirmarlo mejor- que en el estudio de la historia los compartimientos rígidos no funcionan, pues al seguirlos solemos desterrar actores y problemas que estuvieron presentes en el contexto y problema histórico que nos interesa. También, que es necesario el acercamiento entre los investigadores académicos “laicos” –por decirnos de alguna manera-, y los estudiosos que se forman en las filas del clero. Por ello, es de agradecer la postura que la Conferencia Episcopal Mexicana ha adoptado desde hace por lo menos una década, que es intensificar un acercamiento y diálogo –que ya existía antes, pero que es bueno incentivar más-, en pos de construir un mejor conocimiento de nuestra realidad histórica y social. Sin más, y agradeciéndole al Dr. Casas la oportunidad de comentar este libro, los invito a su lectura.

El libro reúne la mayor parte de los trabajos que se presentaron en las Jornadas de historia Iglesia, Independencia y Revolución, organizadas por la Universidad Pontificia y que tuvieron lugar en la ciudad de México en mayo del año de 2009. Los trabajos presentan diversos aspectos de la relación de la Iglesia con estos dos acontecimientos, escritos por connotados especialistas, muchos de ellos colegas cercanos, conocidos e, incluso, muy apreciados por mí, que se han dedicado ya sea a la historia de la independencia, ya sea a la de la revolución, y especialmente a la participación e importancia de la institución eclesiástica y sus miembros en dichos procesos históricos. Es pues una reunión feliz, de trabajos muy interesantes, y es de agradecer al Dr. Casas la labor de ponerlos juntos y darnos esta obra que seguramente se colocará como una importante revisión plural del tema. Como es característico en este tipo de libros –ni modo, así es- no todos los trabajos guardan un formato parecido, aunque resultan todos de gran interés y calidad, y evidentemente hay temas que habrán quedado fuera, algunos huecos, algunas ausencias de autores como la de Brian Connaughton, por ejemplo (aunque en el momento de la presentación, Juan Carlos Casas apuntó que no le fue posible a Brian entregar su texto para publicar, dado su intensa actividad académica). No solamente para el especialista sino para el lector interesado, es un libro que resultará de mucho interés.
Antes de entrar en materia diré dos cosas respecto a la importancia del tema y comienzo por curarme en salud (como decía Felipe II). Yo no soy especialista en historia de la iglesia, sino que me dedico a la historia de las instituciones de gobierno y administración de justicia antes y después de la independencia; pero a lo largo de estos años me he topado en mi trabajo repetidas veces con cuestiones eclesiásticas. Desde el hecho de que no podemos entender la conformación de las instituciones de gobierno y administración de justicia, del derecho, o de la idea misma de justicia, sin percibir y comprender la gran impronta de la institución eclesiástica así como la participación de sus miembros en asuntos de gobierno hasta antes, e incluso, un tiempo después de la independencia; y de ahí vamos hasta el hecho, innegable, de que la Iglesia y los hombres de la Iglesia son y han sido actores fundamentales en la sociedad mexicana así como en las sociedades hispánicas. Por otra parte, el derecho y el concepto de justicia estuvieron integrados durante siglos por una serie de derechos distintos -entre ellos el Canónico-, y la jurisprudencia, hasta bien entrado el siglo XIX, no es posible entenderla sin su dosis de teología, sobre todo de teología moral.
Muchos de los personajes que estuvieron participando activamente y discutiendo la situación política en ese proceso de transformación en el cual se inserta la guerra de independencia de México –y la guerra de independencia de la mayor parte de los países de lo que hoy es América Latina-, eran miembros del clero. No solamente miembros del mal llamado “clero bajo”, es decir, curas párrocos, vicarios o presbíteros sin destino parroquial entre los activos guerreros que lucharon en la insurgencia (como Miguel Hidalgo, José María Morelos, José Sixto Verduzco, Mariano Matamoros y otros), sino que también miembros de cabildos catedrales, clero diocesano, así como clero regular, que participaron como diputados a instancias representativas, como las Cortes Generales que se reunieron en la península para debatir, opinar y, finalmente, redactar la Constitución Política de la Monarquía Española en Cádiz. Aquí podemos mencionar a los novohispanos José Ignacio Beye Cisneros, José Miguel Guridi y Alcocer o Miguel Ramos Arizpe. Algunos de ellos, como Guridi y Ramos Arizpe, luego participaron activamente en la construcción de las instituciones del México independiente desde posiciones en el Congreso constituyente, y a ellos se les sumaron otros eclesiásticos tan polémicos como el fraile de la Orden de Predicadores, el dominico Servando Teresa de Mier.
Pasando a la época de la revolución (donde confieso me siento más desprotegido pues no es un periodo en el que me mueva como pez en el agua, y por ello no haré quizá tantos comentarios como sobre el periodo de la guerra de independencia), la Iglesia también tuvo un papel muy importante, aunque desde una posición o ubicación en el entramado social, económico y político muy distinta del periodo de las independencias. El gran embate contra el poder político y económico de la Iglesia, que había empezado en la segunda mitad del siglo XVIII con el regalismo borbónico pero que en realidad tomó fuerza y se asentó en la segunda mitad del siglo XIX con el triunfo del liberalismo, desplazó o cambió la relación entre el poder político y la institución eclesiástica. La desamortización de los bienes eclesiásticos, la exclaustración de las órdenes religiosas y la laicización del poder político, pusieron a la Iglesia en una postura que fue desde el enfrentamiento a la conciliación, pero que finalmente, provocó la necesidad de cambiar las estrategias para proseguir con su labor pastoral en la sociedad. Me disculparan si lo digo de una manera que parece un tanto complicada, pero es que no es tan sencillo, como nos enseñaron desde la primaria, hablar de la separación de al Estado y la Iglesia. La laicización de la mayor parte de los gobiernos en el mundo occidental durante el siglo XIX, produjo la necesidad de un cambio de orientación en la política pastoral de la Iglesia, política que se predica desde la propia silla pontificia de León XIII, específicamente mediante la encíclica Rerum Novarum (15 de mayo de 1891). Atendiendo a este llamado del Papa, sobrevino una forma de acción de la Iglesia completamente distinta que conocemos con el nombre de “catolicismo social”. Este catolicismo social presente en la acción pastoral indujo la aparición de agrupaciones sociales y políticas cuya comprensión es fundamental para entender nuestra revolución. Contrapuesto al individualismo predicado por el liberalismo imperante, el catolicismo social se volcó en la comunidad, en la colaboración, en la solidaridad. Es por ello que no resulta extraño ver que muchas de las organizaciones de obreros y trabajadores que aparecieron en México en la última década del siglo XIX, hayan sido mutualidades de trabajadores con una activa militancia católica. Asimismo, la aparición del Partido Católico y la enunciación de las ideas políticas del catolicismo tuvieron una impronta fundamental en el contenido social del artículo 123 de la Constitución de 1917, que es el que regula las relaciones laborales. Por cierto, en este sentido es que abunda el trabajo de uno de los autores de este libro, Jorge Adame Godard, quien es uno de los mayores estudiosos de la historia de la Iglesia en México.
Por estas razones, y muchas otras, es que resulta importante la articulación de la historia de la Iglesia en México con estos dos periodos históricos. De ahí, la importancia del libro. Doy ahora fe del contenido y, posteriormente, cerraré con una breve reflexión sobre nuestro momento historiográfico. El libro se divide, obviamente, en dos secciones, una referente al proceso de independencia y la segunda al de la revolución. La primera parte del libro la abre el trabajo de Guadalupe Jiménez Codinach, quien es especialista en la independencia y sobre todo en la figura de Ignacio Allende, y quien es una de las responsables de que el gobierno español reintegrara este año al gobierno mexicano una de las primeras banderas de la insurgencia, un estandarte con San Miguel y la Virgen de Guadalupe que enarbolaran las milicias de Allende. En su texto; Jiménez Codinach reflexiona acerca de la relación entre la guerra y la vida cotidiana. En un formato de pequeñas cápsulas temáticas, Jiménez Codinach nos ofrece una radiografía de la sociedad de la época, que es muy importante para entender la manera en la que la institución eclesiástica pero, sobre todo, los hombres que la componían, estaban insertos en esa vida cotidiana, no solamente en su labor pastoral sino en muchos otros ámbitos detonados por la insurgencia.
Le sigue el trabajo de Gustavo Peña Hernández, quien hace un interesante análisis del pensamiento de los eclesiásticos novohispanos que participaron en las discusiones de las Cortes Generales Españolas, y que ya mencioné al principio de este comentario. Cabe mencionar que la posición como eclesiásticos dotaba a aquellos 17 diputados novohispanos de un conocimiento vasto, no sólo del derecho, no sólo de la idea de la constitución de una sociedad política, sino también de los problemas sociales y económicos que afectaban a la población en su conjunto. Por ejemplo, Guridi y Alcocer introdujo a la discusión en las Cortes la necesidad de abolir la esclavitud y de lograr una sociedad más justa e igualitaria borrando distinciones raciales. Fue por ello un gran crítico de la manera en la que la Constitución de Cádiz dispuso la idea de quienes componían a la Nación.
Por su parte, María Cristina Torales Pacheco pasa la lista del clero novohispano que tenía nuevas ideas respecto al bienestar público, su interés por la sociedad en general, y enfatiza que estas ideas eran compartidas por el conjunto del clero diocesano y regular.
Diana González Arias nos abre una ventana a las tensiones políticas previas a la independencia que se suscitaron entre la Iglesia y la Corona, llevándonos de la mano a través del hilo del problema de la igualdad de oportunidades que tenían los eclesiásticos criollos y peninsulares para acceder a las prebendas y canonjías. La corona había venido estableciendo una política de incremento del clero peninsular en los cabildos catedrales, poniendo obstáculos a los criollos. Esto produjo importantísimos pleitos entre los cabildos y la corona, que son el tema de su ensayo.
Los trabajo de Francisco Morales Valerio y de mi admirado colega Manuel Ramos Medina, tratan la reacción y estado que guardaron dos órdenes religiosas al estallido de la insurgencia, el primero tratando a los franciscanos y el segundo, a la que es su especialidad, la Orden del Carmelo. Más que tratar de responder si las órdenes o si los miembros de la orden estaban de acuerdo o no con la insurgencia, simpatizaban o rechazaban el movimiento, los trabajos nos muestran la complejidad de decisiones y acciones en la que se vio inmerso el clero regular al estallido de la rebelión, que va desde la simpatía y apoyo activo de algunos franciscanos hasta el horror de los carmelitas cuando los insurgentes saquearon el convento de Celaya, uno de los más ricos de la orden y de la región.
El trabajo de Alicia Tecuanhuey, especialista en la historia poblana del periodo, nos ofrece un análisis muy interesante de la conformación de las ideas políticas del clero de la diócesis de Puebla y de su participación en las grandes discusiones de la época que tenían que ver con la crisis política de la monarquía, el problema del gobierno, de la representación y la ciudadanía, y el papel activo de la Iglesia en todo ello.
Una vez consumada la Independencia, en septiembre de 1821, muchos eclesiásticos que habían sido actores políticos y sociales de los acontecimientos de la década anterior, siguieron opinando y pronunciándose respecto a la construcción de un país independiente, las políticas de gobierno y el papel de la Iglesia en el nuevo Estado. El trabajo de mi querida colega Ana Carolina Ibarra analiza ese debate desde las posturas distintas, y a veces encontradas, de tres canónigos: de la Bárcena; San Martín y Guridi y Alcocer.
Como cada vez sabemos más sobre ese asunto tan complicado, la independencia trajo consigo problemas políticos de muy distinta índole. Uno de ellos, y de crucial importancia para la Iglesia, fue el del Patronato. Mediante el real patronato, la Iglesia en el territorio de la monarquía había sido puesta bajo la protección del rey español, concesión que le permitía al rey decidir –incluso sobre las decisiones del Papa-, varias de las directrices políticas y administrativas de la vida eclesiástica como el nombramiento de obispos, la participación de la corona en la recaudación del diezmo, entre otras cosas. A su vez, la Iglesia católica en la monarquía recibía ciertos privilegios. La independencia provocó la salida de muchos miembros de la jerarquía eclesiástica así como la negativa del Pontífice de reconocer al nuevo país independiente llamado México y, mucho menos, la creación de un Patronato Nacional. Esto desató una fuerte polémica sobre si era adecuado o no mantener dicha concesión y privilegios, estudio del que se encarga Alfonso Alcalá Alvarado.
Finalmente se cierra el primer apartado con un trabajo de Luis Ángel Bellota que llamó mi atención. Para armarlo, este joven estudiante de la maestría en Estudios Latinoamericanos de la UNAM sigue en mucho lo que hizo Andrés Lira cuando en su fantástico libro Espejo de discordias contrapuso o, mejor dicho, puso a dialogar a tres grandes pensadores, políticos e historiadores que vivieron la guerra de independencia y su consumación: Carlos María de Bustamante, José María Luis Mora y Lucas Alamán. En su libro, Andrés Lira se centró en las ideas que tenían cada uno de los tres personajes sobre el mismo hecho de la independencia. En su artículo, Luis Ángel Bellota analiza las ideas que tenían estos tres personajes sobre el papel de la Iglesia en el México independiente, lo cual me pareció un ejercicio interesante.
En la segunda parte del libro versa sobre el periodo revolucionario. No abundaré mucho en esta parte por tres razones principalmente: la primera porque, como ya dije, no soy especialista en el periodo; la segunda para no aburrirlos más y, la tercera, que es la más importante, para invitarlos a leer el libro. Una invitación a esta lectura la hago repasando los temas y autores de manera rápida. Se aborda de nueva cuenta la situación social y cultural, y el contexto de ideas en los cuales la institución eclesiástica actúa y opina. Esto lo hace con su entretenida pluma el maestro Aurelio de los Reyes. Hay también varios textos que tratan el problema de la tensión entre las ideas de los gobiernos liberales y la Iglesia: por ejemplo, el de Raúl González Schmall sobre cuestiones como la Constitución y la regulación de la vida religiosa; Adame Goddard –a quien ya mencioné al principio- sobre la influencia del catolicismo social en el contenido-, y las ideas sociales constituyentes; María Eugenia García Ugarte, quien aborda el problema de la libertad y tolerancia religiosa a lo largo del siglo XIX de una manera sintética como sólo quien conoce a fondo el tema puede exponer. Por su parte, Ramón Aguilera Murguía hace una breve historia del Partido Católico, mientras que Valentina Torres Septién mira la tensión entre Iglesia y gobierno respecto al tema del control de la educación. Un interesante análisis del pensamiento político católico es el que hace María Luisa Aspe Armella, pues nos ayuda a comprender la diversidad de posturas respecto a la participación de los católicos frente al gobierno que surgen a partir de 1930, y de entre las cuales se encuentra el origen del Partido Acción Nacional.
Distanciándose un poco del problema de la tensión en las relaciones entre la Iglesia y el gobierno, hay tres trabajos que analizan otros temas que son de igual manera interesantes y complementan lo anterior. El trabajo de Franco Savarino ofrece una mirada comparativa sobre el alejamiento o acercamiento entre gobierno e Iglesia, en el contexto de los movimientos nacionalistas. Mientras que en México hubo un alejamiento, en la Italia de Mussolini. Este análisis comparativo se podría quizá también hacer, pienso ahora en voz alta, con respecto a la España del franquismo. Por su parte, Concepción Amerlink de Corsi nos relata las estrategias de sobrevivencia de los conventos de monjas después de la exclaustración; mientras que el trabajo de las historiadora del arte Montserrat Galí analiza la obra pictórica del jesuita Gonzalo Carrasco.
Un tema que me llamó mucho la atención es el análisis que hace Manuel Olimón Nolasco sobre la tercera carta pastoral del obispo de Tepic en 1919, Manuel Azpeitia y Palomar. Por la guerra revolucionaria, por la política de Carranza y toda esa coyuntura, la labor pastoral de las diócesis cayó precipitadamente. ¿Qué hacer, se pregunta Azpeitia, ante esta crisis? La necesidad de llevar a cabo una reconstrucción integral de la labor pastoral pasaba necesariamente en ese momento por la reflexión de la crisis de las vocaciones sacerdotales, un tema que ocupó la discusión de los miembros de la jerarquía eclesiástica del país.
En fin, se trata de un libro que, como ustedes habrán apreciado en esta breve reseña, trata sobre un tema pero trata a la vez sobre muchos temas. Es pues una buena puerta de entrada para mirar esa complejidad en las relaciones entre la historia eclesiástica, la historia política y la historia social. Si bien, estoy cada vez más convencido –y en cierta medida este libro me permite afirmarlo mejor- que en el estudio de la historia los compartimientos rígidos no funcionan, pues al seguirlos solemos desterrar actores y problemas que estuvieron presentes en el contexto y problema histórico que nos interesa. También, que es necesario el acercamiento entre los investigadores académicos “laicos” –por decirnos de alguna manera-, y los estudiosos que se forman en las filas del clero. Por ello, es de agradecer la postura que la Conferencia Episcopal Mexicana ha adoptado desde hace por lo menos una década, que es intensificar un acercamiento y diálogo –que ya existía antes, pero que es bueno incentivar más-, en pos de construir un mejor conocimiento de nuestra realidad histórica y social. Sin más, y agradeciéndole al Dr. Casas la oportunidad de comentar este libro, los invito a su lectura.
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